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martes, 15 de mayo de 2018

Vacaciones en auto. Día 2

Aún con el cansancio y el calor del día anterior, no hizo falta ninguna alarma, todos estábamos despiertos a las 6am para desayunar y seguir camino.

Misma configuración de espacio y guardado de bolso y mochilas en auto, mismo sector para el perro (Beto). 
El agua para el mate estaba embalada en el termo, a temperatura ideal. 


Luego de hacer correr un poco a Beto con una pelota por la única avenida-calle-senda, nos fuimos despidiendo de la magia austera del pueblo de Chacha.
Asimismo, antes de subir al auto y precisamente en este tramo del trayecto fue que nos dimos por aludidos y enterados que el aire que estábamos consumiendo estaba fresco y limpio, ligero y fino. No dudamos que fisiológicamente el cuerpo lo nota antes pero ser conscientes del aire frío pegandote una cachetada invisible, te despabila mucho más rápido.


Estábamos, literalmente al comienzo de la ruta del desierto (ruta 20, tramo conocido como La Reforma), unos 200kms de pura planicie que marcan un camino recto, donde la señal de celular olvidó transitar y los espejismos de agua en el sendero de brea sumado a la monotonía del paisaje hizo que fuera irresistible el ir cabeceando de aburrimiento cada tanto.Se dice que ésta ruta es muy difícil de transitar debido a su monotonía, razón por la cual muchos conductores se quedan dormidos al volante.En este sector de ruta de La Pampa, hay un retazo de historia argentina el cual involucra a Roca y a la conquista del desierto.


La señal de celular no llegaba, tampoco la de radio. El negro, al volante, estaba callado, concentrado en aquella ruta silenciosa que teníamos por delante y que tantos accidentes había tenido, atestiguado de forma siniestra por los autos destruidos situados a la vera del camino y en condiciones poco favorables.

Silencio, aire frío de la mañana, del campo abierto y de la misma planicie que no ponía resistencia a los vientos que bamboleaban nuestro coche de vez en cuando.
Nada de tránsito, de hecho fuimos los únicos, en ese momento,  que atravesamos el desierto, y es que al parecer, el tránsito fluido que alguna vez la atravesó se fue diluyendo debido a que en kilómetros anteriores existe una bifurcación que ganó la fama de ruta alternativa (ruta 152, para ser más precisos) y más elegida por todos los que van camino al sur.











Saliendo del paisaje salvaje e igual y pisando la tercer provincia, habíamos llegado a un tramo en donde tocábamos de costadito y por escasos kilómetros a la provincia de Río Negro.

Por este sector, fuimos separados de la ruta por una especie de policía caminera pero de alimentos y plantas (sé que tienen un nombre pero de verdad que no lo recuerdo) que verifican que los viajantes no ingresen (o se lleven, depende de la mano de la ruta en la que estés) con especies endógenas de otras provincias. Mucha sensatez y cuidado del propio ambiente posee la gente de Río Negro, cosa que me sorprendió más que para bien.

Después de declarar una banana sospechosamente madura pero inofensiva que estaba en mi mochila, seguimos camino hasta una estación de GNC en la que pudimos hacernos de un café cargado y galletitas para el después.

El Beto, agradecido por la pausa y con una energía rebosante, no dudó en salir arando del coche para plantarse seguro y ladrar / aullar a los viejos cachorros que resguardaban la estación de combustible. 

La respuesta fue absoluta indiferencia. Aquellos perros guardianes, entrados en años, no querían gastarse en llevar el apunte a un perro hiperactivo, que a la legua se notaba foráneo.

Cargado el termo, galletas compradas y absorbido el aire fresco (que aire puro que hay en ese sector del camino!) Nos pusimos nuevamente en marcha.
Río Negro fue dejada atras para ingresar en Neuquén, otra provincia en la cual no habíamos estado; densamente poblada (al menos por dónde pasaba a nuestro camino), ruta ancha, doble carril por lado (qué felicidad!) y fluidez de tránsito.

Neuquén nos saludó con calor. Hicimos una parada técnica para ponerle aire a las ruedas, limpiar los vidrios y estirar las patas de todos. Este sector de la ruta fue como ir por Panamericana, para el lado de Munro. Me dio esa impresión y sin saberlo terminó siendo la provincia némesis del negro cuando emprendimos nuestro regreso de las vacaciones, historia que contaré más adelante.

Nos fuimos alejando de la Neuquén poblada para meternos nuevamente a camino abierto, volvimos a la modalidad de camino mano y contramano y el silencio del campo empezó a hacer eco. En este sector del trayecto nos fuimos topando con un dique muy largo y con sus confluencias resultantes. Un paisaje que todos tenemos que ver alguna vez: espejos y espejos de agua, en el medio de ellos islotes de piedra seca, chiflido en el aire, teros y aguiluchos hicieron la compañía de nuestro viaje.
















Beto se había pasado al piso del asiento de copiloto por aburrimiento (Beto posee una necesidad imperiosa de viajar a los pies de quien esté en el asiento contrario al conductor, a veces se cansa de estar en el suelo y viaja a upa, si... a upa, sobre las rodillas de quien esté en ese asiento) y mientras le bajaba la ventanilla para que huela el aire con el que transitabamos, fuimos dejando atrás los espacios acuosos, las islas de tierra misteriosas y los variados diques para entrar en Piedra del Águila, última parada antes de llegar a nuestro destino de vacaciones.

Almuerzo de hamburguesas y mundo de gente en los paradores, y luego del silencio ambiental del cual veníamos, el gentío fue bienvenido.

El negro compraba comida y el Beto y yo paseabamos por el final de nuestro camino que tocaba Neuquén.
Día de sol radiante, ni calor ni fresquito, aire puro, purísimo y liviano. Todos felices después de comer, una siestecita bajo la sombra de un árbol y continuamos camino.

Abrochados los cintos de seguridad emprendimos un momento de ruta mágico, ya que más adelante está la Confluencia Traful, en donde la ruta pasa bordeando a nivel por momentos y en altura por otros el río Traful que serpentea y se deja espiar por cada rincón de los giros de la ruta.

El paisaje nos quitó un poco el aire, es ahí donde entendimos que estábamos en La Patagonia repleta de vistas y sensaciones. Hicimos el alto obligado en la misma ruta ya que hay un puentecito de doble mano en el cual todos paran a tocar la playa del río Traful.



















Aprovechamos las instantáneas y nos metimos para encarar la última parte de todas. Nuestro destino estaba cerca.
















En este sector, la ruta nos regaló unas curvas memorables, solo aptas para conductores con experiencia y mientras hacíamos el zigzag de rigor, la ciudad de Bariloche fue asomando cada vez más cerca.

Pasamos jugando carrerita con el tren Bariloche - Viedma y ya cayendo la tarde divisamos las cabañas de alojamiento que anteriormente habíamos reservado. 
Un lugar en donde Beto y cualquier perro era bienvenido y en el cual nosotros, después de tomar una sopa de sobre, finalmente pudimos dejar la ruta atrás, y descansar.



Día 2. Finalizado.


















2 comentarios:

  1. ¡¡Qué hermosooo!!! No conozco Bariloche y mi amiga del alma vive allá desde hace un par de años. ES mi pendiente.
    Me encanta el recorrido por el que nos has llevado, Sil. Qué maravilla!
    En cuanto a acordarme de vos, nada en especial... quizá te trajo el viento.

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  2. Qué hermosooooo. No tiene punto de comparación la aventura de emprender camino a la inmediatez del avión, por ejemplo, más allá del "confort". Creo que estos paisajes, esta aventura con el negrito ése hermoso que chusmea para afuera, son un mimo para el alma que no se compara con otra cosa.

    ¡Qué lindo estás escribiendo, eh! ¡Quiero más episodios!

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